EL MUNDIAL DE 1962

Publicado en General el 3 de Septiembre, 2006, 7:39 por Por Darío Oses

fUENTE: darío oses, memoriachilena.cl

El mundial del '62 se divisa como un paraíso perdido. En cuarenta años todo cambió: el mundo, el fútbol, y la posición de Chile en el mundo del fútbol. Derrotas reiteradas y sucesos luctuosos, como la bengala del Maracaná en las eliminatorias para el mundial de Italia 90, nos han venido marginando de los epicentros del balompié. Por eso no podemos dejar de mirar con nostalgia ese mundial que fue nuestro, y que recuperamos en los sueños y el recuerdo de las imágenes en blanco y negro de una precaria televisión naciente, y en las fotos de las revistas Estadio y Gol y gol.
Entonces no había equipos chinos, japoneses ni coreanos. No despertaban aún los tigres del Pacífico que ahora vemos en pantallas gigantes, con una definición frente a la cual, la incipiente televisión universitaria chilena del '62 sólo parecía mostrarnos desvaídos espectros.
Hemos visto medio dormidos este extraño mundial. A ratos los coreanos parecen las figuras de un juego electrónico. Es posible que después de estos partidos que se transmiten por la madrugada desde remotos estadios orientales, las familias trasnochadas conversen frente al amanecer y al desayuno, y los padres y abuelos recuerden que la VII Copa Jules Rimet, la de 1962, se jugó en Chile, tanto en Santiago como en Arica, Viña del Mar y Rancagua

Porque no tenemos nada...
A pesar de la buena voluntad y el entusiasmo nacional, hubo mucha improvisación. Se gestionó mal la venta de entradas en el extranjero, por lo que llegó un numero de turistas muy inferior al que se esperaba. El valor de los boletos hizo que los estadios de provincia quedaran siempre a medio llenar. Los balones de fabricación nacional tenían la presión muy baja. En resumen, como lo dijo un dirigente de la FIFA, fue un mundial amateur.
Chile se había adjudicado la sede en 1956. Fue un triunfo de la estabilidad democrática chilena sobre la Argentina -el otro aspirante sudamericano- donde luego de la caída de Perón, se sucedían los golpes y conspiraciones palaciegas.
Los preparativos para el mundial avanzaban, se estaban refaccionando los estadios, cuando el 22 de mayo de 1960, uno de los peores terremotos que existen en los registros de la historia sísmica del planeta, y que fue seguido de un maremoto y de erupciones volcánicas, no sólo destruyó las ciudades del sur del país, sino que alteró el paisaje. Aún así, la nación reafirmó su voluntad de mantenerse como sede del mundial.
"Porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo", había dicho Carlos Dittborn, uno de los dirigentes que puso más empeñó en obtener para Chile la sede del mundial. Esa frase caló hondo en el alma nacional. Gabriela Mistral había escrito en sus Recados que Chile es una voluntad de ser, y esa voluntad empecinada se manifestó en el año 60, en primer lugar en la reconstrucción, pero también en el empeño por mantener la opción de ese torneo que podía darle visibilidad planetaria a un país perdido en una orilla del mundo.
La furia de los buenos chilenos
A los equipos extranjeros demostraremos buen humor, y como buenos chilenos, alegría y corrección… decía la letra del famoso Rock del Mundial, de Los Ramblers. Entonces todos queríamos ser buenos chilenos. No importaba tanto ganar sino mostrarle nuestras mejores virtudes al mundo. El Chile de entonces tenía algo de íntimo y cordial, de barrio amable, de plaza provinciana.
La gente recibió amigablemente aún a los equipos que serían los rivales de Chile en la primera vuelta. Pero desde luego, se esperaba reciprocidad. O al menos que se respetaran las formalidades de la cortesía chilensis. Que se pronunciaran las consabidas alabanzas al país, a las bondades de su clima, y la belleza de sus mujeres y paisajes. Por eso cuando se difundió el reportaje de un corresponsal italiano que decía todo lo contrario a lo esperado: que el país era feo, sombrío, triste, pobre y que muchas de sus mujeres practicaban la prostitución, cundió la ira.

El país se sintió herido y reaccionó. El partido Chile - Italia fue un adelanto de la furia nacionalista que llenaría los estadios a fines del siglo XX. El golpe de puño con que Leonel Sánchez derribó a uno de los italianos fue celebrado como una reivindicación del honor patrio, tanto como la histórica victoria por 2 goles a 0 contra la sqaudra azurra. Ese encuentro, considerado entonces bochornoso, parecería normal hoy, cuando la carga de violencia futbolística es tan grande que ha sido necesario crear leyes especiales para controlarla.

El país que se fue
El Presidente Jorge Alessandri Rodríguez, tan amante de la ópera y la música docta como poco aficionado al fútbol, visitó a la selección en el lugar donde ésta se encontraba concentrada. Seguramente lo hizo porque sentía que era un deber de su cargo. Llegó solo y conduciendo él mismo su auto. Esperó en el recibo al entrenador Fernando Riera y a su ayudante, el Zorro Álamos. Saludó a los jugadores, les agradeció lo que hacían por el país y se despidió deseándoles suerte en los partidos decisivos que aún tenían por delante. Ese viejo Chile sobrio, sencillo y auténtico se nos fue para siempre. Hoy no se concebiría ningún acto como éste, de figuras públicas mayores o menores, sin la parafernalia de luces, cámaras y grabadoras que reproducen palabras ensayadas y gestos prescritos por los asesores de imagen. El Chile del '62 era verdadero. El de ahora es virtual, mediático. Nada existe si no sale en la tele.
El resto de la historia es conocido. Chile venció a la Unión Soviética 2 por 1, tuvo una decorosa derrota ante Brasil 2 a 4, y le ganó a Yugoeslavia 1 a 0. Ése fue el último triunfo nacional en un mundial de fútbol. Los cracks tuvieron trato de veteranos de guerra, mejor aún, de héroes. Recibieron una casa y una pensión vitalicia. Alguna vez he visto, perdido en el muro de una zapatería de barrio, el afiche desteñido con esa mítica alineación en la que estaban Jorge Toro, Leonel Sánchez, Eladio Rojas, Nino Landa y Chita Cruz. Parece un estandarte de victorias antiguas.
El mundial tuvo también sus mártires. Juan Pinto Durán y Carlos Dittborn no alcanzaron a ver el campeonato que ellos hicieron posible. Sus nombres quedaron inscritos en diversos recintos deportivos.
Nunca más tuvimos victorias, tampoco héroes, ni mártires. Sólo hemos podido celebrar las hazañas individuales de Zamorano y Salas en el fútbol internacional, y lamentar la fallida escenificación de heroísmo y martirio que intentó el Cóndor Rojas y que nos costó la eliminación de dos mundiales.
El mundial del '62 fue la fiesta de un país provinciano, que ante el desafío de convertirse en anfitrión de todo el mundo, procedió con la generosidad y el decoro de la familia modesta que recibe a la parentela encopetada. Entonces, tanto en la organización como en el fútbol, Chile hizo las cosas lo mejor que pudo. Tal vez nunca haya vuelto a hacerlas mejor.